"Hoy día Luna, día pena..."
Cruzamos los Andes en busca del mar y así llegamos a Viña del Mar, buscando el pacífico. Encontramos poco de lo que buscabamos y nos tropezamos con mucho de lo que no queríamos. Esta ciudad, Viña del mar, ofrecía belleza escultural superflua cada 10 metros de playa, animada a base de reggeton, concursos de belleza y demás mierda...Lo mejor de este lugar; Vivian con sus dos hijos, la resaca del mar, una calle y un bar donde sólo ponían la música que pensabamos.
A lo lejos se divisaba la ciudad de Valparaíso, la oíamos latir y le dijimos que volveríamos en unos días, ahora tocaba ir Santiago de Chile a reunirnos con otros dos compañeros de viaje, Mara y Mariano.
Santiago de Chile era como cualquiera, además la vi con ojos febriles, no le saqué partido en ese momento. Subimos al piso 25 de la torre de Pipo (un nuevo personaje que nos acompañó y nos acogió), disfrutamos de la vista de 360º sobre la ciudad y nos acoplamos a una fiesta que por allí se celebraba. Hicimos una especie de aerobic mirando a un dj y a la inmensidad de unas luces que se perdían en el horizonte, y así, nos perdimos "en el corazón de la grande Babylon".
Valparaíso nos esperaba, seguíamos oyéndola latir desde aquí también. Nos fuimos para allá.
Melancólica Valparaíso, se va comiendo la montaña creciendo entre los cerros. Ciudad que habla entre susurros, cuenta historias de personajes antiguos, de aventureros, de corsarios, de piratas, de capitanes, de marinos, de rufianes con parche en el ojo y dientes negros. Doncellas gráciles, bellas, rudas, con pantys de red y ligas bordadas escondiendo un puñal, alguna verruga sobre unos labios rojos que gritan una barbaridad. Todavía en algún rincón oscuro se puede observar esta suerte de personajes. Calles empinadas, empedradas y arenosas, casas coloridas de chapa queriendo desmoronarse sobre algo. Calles vigiladas por perros arrastrados, moribundos, tristes, como si hubieran vivido mucho tiempo. Miles de gatos ronroneando en los alféizares, gateando por tejados imposibles y herrumbrosos. Escaleras, ascensores, pasajes, graffitis y pintadas con mensaje, bares de menú portuarios. Un puerto que llora notas de música de hierro y que se rie del que llega despistado.
.
.
Y ahora me asomo a mi ventana, y si giro mucho el cuello veo el mar, un mar que me separa de mis compañeros y que algún día los traerá de vuelta, un mar que volveré a cruzar...
Hermanos, os acompaño con mi ausencia, continuad...
.


