Seguíamos en la ruta 3, a la altura de Fitz Roy, en una estación de servicio que no tenía nafta (gasolina), sólo tenía una dependienta abobinable que no nos dejaba usar el baño. Algún destino eligió que un "mamut" blanco con 6 ruedas se detuviera en aquel lugar y que en su interior se encontrara una familia viajera maravillosa. Tuvimos el placer de acompañar, recorrer día y noche unos 1500 km, cruzando fronteras, atravesando el canal de Magallanes en barco, por carreteras asfaltadas y por el "temible" y esperado ripio; con Martín,Viviana y Esio.
Ushuaia, ciudad más al sur de nuestro planeta, se ubica en la isla de Tierra del Fuego. Se denomina tierra de fuego porque cuando llegaban los "conquistadores", los Patagones que estaban muy tranquilitos con su fuego, acojonaban con la multitud de hogueras a los piratas que esperaban en los barcos. Sólo consiguieron retener a esa banda un poco; y después como cantaría Viviana: "Nos conquistaron".
La ciudad tiene cierto encanto, así como contrastes fuertisímos. Porque a la vez que llega un trasatlántico con miles de rusos con dentaduras de oro y relojes de pulsera pesados, los niños sin dientes juegan a romper botellas de cerveza a pedradas. Las calles son sinuosas y desordenadas debido a que lo normal era que cada uno se construyera su casita donde más le apetecía.
Nos instalamos en un camping, al cuál bautizo como el camping del pelotudo, con esta persona encontré el verdadero significado a esta palabra argentina. Entre los árboles y el frío mitigado por un café ardiente, apareció David ante nuestros ojos. La celebración fue grandiosa.
Los tres y acompañados por un nuevo viajero llamado John, de Gales y especialista en trekking, él cual nos hizo pasar una velada formidable en casa de Martín y Viviana, cantando folk Gales. Nos aventuramos tres días a la dureza de la precordillera de los Andes. Con un equipamiento mínimo pasamos dos noches y tres días de ensueño entre valles, lagos y bosques. Descubrimos la fatigosa y rojiza Turba, es un liquen esponjoso y húmedo que absorve el agua y si te descuidas los pies, terreno por el cual anduvimos incesantemente y de forma sufrida. El segundo día subimos hasta el lago gris de roca y pasamos otra noche en otro lago con la unica compañia de un viento helado húmedo y una familia de castores. El último día como nos habíamos descuidado del sendero, decidimos inventarnos uno y fuímos a lo jabalí montaña abajo, por una ladera de piedras afiladas y por un bosque frondoso hasta llegar de nuevo a la puta turba. Todo esto en chanclas con calcetines...
Pasamos unos días más por esa ciudad sureña donde en un mismo día sufríamos un impresionante frio, lluvia, vientos y disfrutabamos de 7 minutos de sol. Conocimos a un pibe de Buenos Aires llamado Santiago con el que compartimos buenas charlas y farras. Y por cierto me encontré con uno de Lezo.
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