
Largo tiempo hace ya desde que anduvimos por este pueblo. El eterno bus nos dejo en este pueblo andino, donde había un lago y dos brujas. Por supuesto nos hospedamos en la casa de las jovenes brujas. Digo brujas en el buen sentido de la palabra, si es que la tiene, sino me la invento.
La casa era acogedora, entrañable, de madera, la mirada de Mónica nos daba confianza, pero sabíamos que en su eterna vida de dificultades tuvo que hacerse bruja para conbatir a un gran mal que habita por estos lugares, el hombre. Ojos negros y brillantes delataban pociones y conjuros en sus ratos libres. En algún tiempo fue bella, ahora sólo quedaba un resquicio de aquella belleza, pequeña, pero visible.
Anduvimos por la montaña que envuelve al lago. Un territorio mapuche. Allí viven los indígenas intentando mantener sus antiguas costumbres, (aunque había un par de parabólicas, hasta ellos..) pasamos por algún poblado donde una señora tendía la ropa, la mojaba con cubos de agua en un bosque rodeado de sombras.
Y este pueblo dió mucho más de sí, descanso, agua, paisaje y una tranquilidad infinita.
Y seguimos hacía el norte, "siempre fuertes", cruzando una linea en un plano y llegando a otro lugar. Un lugar que me acerca más a vosotros. Pero eso ya es otra historia.
